Mini-relato

Había una vez un muchacho que vivía aislado en un torre, rodeado de libros y cachivaches tecnológicos. Era una vida aparentemente feliz. De vez en cuando salía de su torre y bajaba a visitar a su familia, quienes vivían en el piso de abajo. Su familia se alegraba de verle, y él de verlos a ellos también, pero estaba deseando volver de nuevo a su torre para enfrascarse en sus cachivaches. Un buen día, mientras continuaba enfrascado con sus fetiches, recibió un correo de un par de hadas con las que últimamente había establecido mucha comunicación. Le invitaban a reunirse con ellas en un lugar llamado «Arcadia», una especie de espacio seguro que habían creado en la red de mensajería «Fairy ring», donde divertirse charlar, etc…

El muchacho no estaba seguro de acudir al encuentro, porque sabía que esas hadas eran conocidas por sus travesuras y temía que le jugaran alguna mala pasada, pero la curiosidad le pudo y se acercó al lugar.

Cuando llegó se quedó estupefacto ante la belleza del lugar. Bosques verdes y frondosos, cascadas de agua cristalina, mariposas de mil colores revoloteando en el aire y animales voladores de todo tipo surcando el espacio con sus gráciles vuelos. El muchacho vió a sus amigas sentadas en unas rocas. Una de ellas sostenía un libro que se titulaba «El patriarcado de los Faunos», la otra le hizo un gesto para que se acercara. Cuando el muchacho llegó, éstas le dijeron que hoy hablarían sobre el Amor. ¿El amor?. El único Amor que conocía el muchacho es aquel de poderosos caballeros con sus brillantes armaduras, salvando a damiselas de las temibles fauces del dragón, o el amor trágico de los amantes secretos que nunca podían estar juntos por el odio de sus familias.

Pero aquellas hadas empezaron a hablar al muchacho de un amor mucho más grande que todo eso, el amor común, un amor que no se rige por las reglas del binomio privado y que puede expandirse a todos los seres del planeta. ¿Un amor compartido? ¿pero qué clase de locura es esta?. El muchacho, que era muy cabezón, no era capaz de ver mas allá de lo que aquellos libros le habían enseñado y empezó a dialogar con su retórica, exponiendo miles de argumentos, para defender el amor privado e incondicional. Ellas le escuchaban atentamente, hasta que una le dijo: «¿Te apetece bailar?«. El muchacho, al principio quedó algo desconcertado, pero se levantó, y cuando inició el baile, se dió cuenta que realmente no podía mover los músculos, ni las extremidades. ¿Pero qué ocurría?. Al cabo de un buen rato de intentar ejercer presión sobre sus extremidades, se dió cuenta que un finísimo hilo de plata salía de todas sus extremidades y se perdían en firmamento. Son los patrones de la «tejedora», los hilos con los que todos los seres humanos son urdidos al poco de nacer, dijo una de ellas. Este lugar emana un poder feérico que permite ver las cosas que están normalmente ocultas a los ojos. Nunca notaste los hilos, porque nunca hiciste algo por tu propia voluntad, ésta siempre ha sido dirigida. Abandona todo lo que crees saber, sentémonos a hablar y conversar como iguales, deja la retórica, el ego y los prejuicios en la puerta y trencemos nuevos patrones juntos entre los tres.

Y así lo hicieron. Durante años se juntaron en ese lugar, en su «nirvana» particular y conversaron, discutieron, se pelearon… Pero siempre volvían a juntarse al día siguiente, porque aquel lugar, lejos de ser un santuario bucólico, era un escenario real, con personas reales, que sufrían todo lo que allí acontecía. Así el muchacho aprendió que las verdades universales sólo existen en el reino de los necios, que nada es inmutable y el tiempo es un duende juguetón que sacude nuestra vida cuando menos te lo esperas. Porque ese hilo plateado que la «tejedora» urde concienzudamente, se puede agrietar levemente. Porque el tiempo y el espacio están unidos indudablemente, y si estos están en contínuo cambio, ¿no podemos estarlo nosotros?.

Para el muchacho, a veces era difícil separar la realidad de la ensoñación en ese lugar, y tuvo que aprender duras lecciones, que le enseñaron que el reflejo es real, cuando hay un ser consciente reflejándose en él. Da igual los matices de los colores que tenga, es real si lo percibimos como tal.

Durante ese tiempo, ese espacio dejo de ser propiamente físico, y empezó a reclamar toda su atención. Tanto, que el muchacho dejó de ir a visitar a su familia tan asiduamente, porque este espacio le atraía más que la cotidianidad del día a día. El espacio se convirtió en un lugar esencial para la vida, hasta tal punto que cuando este espacio era olvidado, se volvía a reclamar por parte de sus integrantes y se volvían a juntar.

En este espacio hablaron de humanismo, de feminismo, de privilegios, de política… De muchas cosas. Aunque le costó duras lecciones, el muchacho entendió por fin el significado del amor.

El amor, lejos de ser un sentimiento de unión privada, es una fuerza motriz del universo. ¿Por qué no compartir esa fuerza con las personas que queremos?. ¿Por qué tenemos que establecer lazos de posesión y de propiedad sobre algo tan hermoso?.

Con el paso del tiempo y los quehaceres de los integrantes, el espacio se fue diluyendo, pero ese océano de tiempo que habían cruzado, y todo lo que allí les había acontecido, era tan grande, que no lo olvidarían jamas.

Moraleja: Abrid vuestros corazones y la mente a nuevas ideas, sensaciones y espacios, no es renunciar a aquellas que tenemos ni a nuestros principios. Simplemente es ver con otra mirada los ángulos que forman el poliedro irregular que forma nuestra vida.

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1 Comentario

  1. Itaca te dio el hermoso viaje.

    Sin ella no hubieras salido al camino.

    Pero ya no tiene nada para darte.

    Y si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado.

    Tan sabio como has llegado a ser, con tanta experiencia,

    ya habrás comprendido qué significan las Itacas.

    Kavafis

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